Pequeña Historia de una Gran Huracán

Por Juan José Morales

Información tomada del libro Huracanes en la Península
Fotos del Museo Casa Maya e Internet

Oficialmente, el ahora célebre huracán Gilberto nació a las 20:30 del sábado 10 de septiembre de 1988 en un lugar del Caribe oriental situado unos 200 kilómetros al sur del extremo sur occidental de la isla de Puerto Rico. Pero su gestación comenzó una semana antes, el 3 de septiembre, miles de kilómetros más allá, al sur de las islas de Cabo Verde y cerca de la costa de África. Ese día los satélites meteorológicos detectaron en la zona la aparición de una onda tropical que desde el continente africano se movía en dirección al oeste sobre el Atlántico.

Durante los días subsiguientes no ocurrió nada extraordinario. Como sucede a menudo en este tipo de fenómenos, a medida que la onda iba avanzando hacia occidente, sobre ella se fue formando un área de baja presión; esto es, una incipiente perturbación. Pero hasta el 8 de septiembre, no se desarrolló ningún sistema organizado de vientos en el sector. Fue sólo en la tarde de ese día, cuando el meteoro se hallaba cerca del Caribe, que empezó a adquirir las características –considerable nubosidad y vientos de más de 25 kilómetros por hora— de una depresión tropical y los meteorólogos la registraron como tal. Era el número 12 de la temporada de huracanes 1988 en el Atlántico.

Aquella moderada depresión fue aumentando rápidamente de magnitud y en 24 horas ya se había convertido en tormenta tropical, justo mientras cruzaba la cadena insular de las Antillas Menores para penetrar en el Caribe frente a la costa sudamericana. Cuando alcanzó esa categoría, fue bautizada Gilberto. Nadie imaginaba que menos de 72 horas más tarde sería una tempestad descomunal que se ganaría un lugar de privilegio en los anales meteorológicos y volvería ese nombre, Gilberto, inolvidable para millones de personas.

 

Cambio de Rumbo y Rápida Evolución

El sábado 10, a las 6 de la tarde, hora de México, los satélites ubicaron a la todavía tormenta tropical Gilberto entre Puerto Rico y Venezuela, en los 15.8 grados de latitud norte y los 66.9 de longitud oeste, muy lejos aún de la península yucateca y a unos 2 600 kilómetros de la ciudad de Mérida. Era ya bastante fuerte y muy próxima a ascender nuevamente de categoría, pues sus vientos rebasaban los cien kilómetros  por hora. Sin embargo, aún no causaba demasiada inquietud. Por su posición en pleno mar, lejos de las islas y el continente, no amenazaba directamente a ninguna población. En los boletines meteorológicos sólo se le mencionaba de manera escueta, con las habituales recomendaciones a buques y aviones en el área afectada por el sistema de vientos.

A partir de entonces, la situación comenzó a evolucionar de manera cada vez más acelerada. A esa hora –6 de la tarde del sábado 10 de septiembre--, Gilberto torció ligeramente de rumbo, hacia el noroeste, y comenzó a ganar intensidad con mayor rapidez. Apenas dos horas y media más tarde, a las 8:30 de la noche, se confirmó que sus vientos ya habían rebasado el límite de los 120 kilómetros por hora y quedó oficialmente catalogo como huracán.

Aún no ofrecía peligro inmediato para México. Se hallaba a más de 2,300 kilómetros de las costas de Quintana Roo y se desplaza sobre una trayectoria que, de no sufrir modificaciones, lo llevaría directamente sobre la República Dominicana.

Pero casi inmediatamente después de alcanzar la categoría de huracán, retomó el rumbo oeste-noroeste que había tenido anteriormente y enfiló hacia la lejana península yucateca.

De todos modos estaba a suficiente distancia para no causar excesiva preocupación. Por lo demás, existía la posibilidad de que –como ocurre con muchas tormentas y huracanes que se desplazan por esa área del Caribe—se desviara hacia el norte o el noroeste para pasar por las Antillas Mayores.

No ocurrió tal cosa. En general conservó su rumbo y los ligeros cambios de dirección que sufrió en las 48 horas subsecuentes no alteraron en mayor medida su trayectoria. Si acaso, de haber persistido en la enfilación que adquirió tras convertirse en huracán, habría azotado la parte sur o media de la costa de Quintana Roo y no la porción norte, pero de cualquier manera hubiera alcanzado la península, atravesándola en el Golfo y llegar a las costas del norte de Veracruz, Tamaulipas o Texas. Hasta finalmente disolverse sobre tierra.

 

Una Isla sin camino

Entre la posición que el Gilberto tenía al amanecer del domingo 11, a unos 1,900 kilómetros de Cancún, no había entre él y la costa mexicana más tierra que la isla de Jamaica. Con el rumbo que llevaba, la habría librado pasando un centenar de kilómetros o más al sur de ella. Empero, unas ligeras y desafortunadas alteraciones de trayectoria terminaron conduciéndolo directamente a aquel pequeño país insular, de tal modo que lo cruzó longitudinalmente, de punta a punta, causando cerca de 40 muertos, medio millón de damnificados y pérdidas materiales por 300 millones de dólares en caminos, vivienda, campos agrícolas y el aeropuerto de Kingston, la capital.

Eso ocurrió el lunes 12, alrededor de las 4 de la tarde, cuando el Gilberto se encontraba en los 18.3 grados de latitud N y los 77.9 de longitud O, ya a menos de mil kilómetros de territorio mexicano. En las 43 horas transcurridas desde que quedó catalogado como huracán a las 22.30 del sábado, había cubierto más de la mitad de la distancia que lo separaba de la Costa Oriental del la Península Yucateca.

En ese lapso, además, creció y maduró. Sus vastos sistemas de nubes provocaron copiosos aguaceros en la República Dominica y Haití, con su secuela de inundaciones y muertes: tres docenas en total en ambos países, en su gran mayoría en Haití. A su paso por Jamaica, era ya un huracán de categoría 3 en la escala de Saffir-Simpson, con vientos sostenidos de 185 kilómetros por hora. Además—y esto resultaba muy alarmante—la presión en el ojo estaba literalmente desplomándose hasta niveles sin precedentes. Como la intensidad de los  vientos de un huracán está en relación directa con la diferencia de presión entre el vórtice y sus alrededores, era de esperarse una gran intensificación en la furia del Gilberto.

     
 

Vigilancia Terrestre, Aérea y Espacial 

Tan rápida evolución preocupada a los meteorólogos, que mantenían al Gilberto bajo incesante escrutinio desde el espacio exterior con satélites, desde el aire con aviones cazahuracanes norteamericanos y soviéticos que entraban y salían constantemente de la tempestad para observarla por dentro, y desde tierra con los poderosos radares del servicio meteorológico cubano.

Conforme el huracán se movía hacia el oeste, a todo lo largo del sur de la isla de Cuba, desde las provincias orientales hasta su extremo occidental, se daban sucesivamente las alarmas en las diferentes regiones del país y se tomaban medidas de protección, no sólo por la eventualidad de un cambio de rumbo que lanzara al Gilberto sobre territorio cubano, sino para precaverse de las inundaciones y crecientes provocadas por las lluvias.

 

 
     

 

     
 

Mareas de Tempestad 

Los vientos de un huracán, al soplar sobre el mar y combinando con las diferencias de presión atmosférica, producen ondas de período muy largo—una especie de olas muy extendidas—a las que se denomina mareas de tempestad. En mar abierto, la onda resulta casi imperceptible, pero a medida que se aproxima a la costa, la menor profundidad va haciendo que sea cada vez más apreciable y puede llegar a cinco metros sobre el nivel medio del mar. En los grandes huracanes, esas marcas de tempestad llegan a penetrar varios kilómetros en tierra y alcanzan alturas de metro y medio a más de cuatro metros sobre el terreno en las proximidades de la orilla.

En la costa mexicana, sin embargo, se seguía en una titubeante expectativa, pese a que la potencia del huracán y el rumbo que llevaba –definido y constante a través de casi todo el Caribe—lo convertía en un serio  peligro para la zona. La primera alerta se lanzó cuando ya había sobrepasado las islas Caimán y estaba a menos de 500 kilómetros de la península, enfilado directamente hacia Cozumel.

Al parecer, se tenía la esperanza de que en el último momento el gigantesco huracán se desviara, como había ocurrido en 1980 con el también gigantesco Allen, y confiadas en esa posibilidad las autoridades demoraron hasta  el último momento las advertencias de peligro, para no inquietar a los turistas, que mientras tanto seguían muy confiados  sin saber que se les venía encima.

 
     

 

Presión y vientos sin precedentes

El deseado cambio de rumbo no ocurrió. El Gilberto –cuyas formaciones nubosas ráfagas de viento ya se dejaban sentir en Cozumel, Isla Mujeres y Cancún—siguió avanzando en la misma dirección y fue sólo por la tarde del martes 13 cuando  se le comenzó a tomar verdaderamente en serio y se pusieron en marcha las medidas de urgencias.

No todas las autoridades –justo es decirlo—fueron lentas o timoratas para actuar. La Comisión Federal de Electricidad, por ejemplo, comenzó a movilizar desde el día 12  material, equipo y cientos de trabajadores desde varios estados hacia las zonas que podrían ser afectadas. Ello permitió que apenas amainaron los vientos, se pudiera emprender la reconstrucción de las instalaciones destruidas.

Realmente, en aquellos momentos más valía pecar por exceso de precauciones, pues lo que avanzaba sobre el noroeste de la península no era cualquier cosa, sino un meteoro de potencia excepcional.

A su paso por Jamaica la tarde del lunes, apenas acababa de alcanzar el grado 3 en la escala de 5 de Saffir—Simpson y sin embargo ello fue suficiente para causar grandes daños. Poco después de sobrepasar las islas Caimán –las que, sin embargo, no llegó a tocar de lleno—ya era de grado 4, con vientos superiores a 210 kilómetros por hora, mareas de tempestad hasta de cinco metros por encima de lo normal y fuerza suficiente para causar gran devastación. En esos momentos, la presión atmosférica en el ojo había descendido a 924 milibares y se aproximaba a la marca de 914 que impuso el huracán Janet y que se consideraba excepcionalmente baja.

Todavía descenderá más; mucho más. Casi a las 4 de la tarde del 13 de septiembre, cuando se hallaba ya muy cerca de la costa de Quintana Roo, un avión cazahuracanes norteamericano que penetró en el ojo encontró la increíble presión de 885 milibares. Jamás en huracán alguno en el hemisferio occidental se había registrado un nivel tan bajo. El ojo era también increíblemente pequeño: apenas 14 kilómetros de diámetro. Y, como se temía, la velocidad de los vientos hora en forma sostenida, con rachas superiores a 320.

     
 

Invisible Muro de Contención

Aquel monstruo de más de 800 kilómetros de diámetro –sin contar las formaciones de nubes periféricas que influían desde distancias mucho mayores —seguía avanzando directamente hacia territorio mexicano. Toda esperanza de que se desviara para escurrirse por el canal de Yucatán como sucedió con el Allen en 1980, ya se había desvanecido. Las observaciones meteorológicas indicaban la presencia persistente, al norte de la ruta que seguía, de un área de alta presión que actuaba como un invisible muro de contención y le impedía moverse hacia el norte. Su casi invariable rumbo oeste-noroeste y su velocidad de avance de unos 27 kilómetros por hora lo llevaría inevitablemente a tocar la costa Quintana Roo en cosa de unas 15 horas. Y al hacerlo, golpearía con olas de siete metros de altura y ráfagas de viento de hasta 375 kilómetros por hora.

No de balde se le llamaba ya “el huracán asesino” y “el huracán del siglo”. Había rebasado con creces el nivel mínimo del grado 5, en el que se cataloga a todo huracán con vientos superiores a 250 kilómetros por hora. En la propuesta Escala Internacional de Huracanes (EIH), de 10 puntos, habría quedado registrado como de grado 8, cosa que no durará ninguno de los habitantes de Isla Mujeres que vieron la isla barrida de lado a lado por olas monstruosas, o los pobladores de Cancún que presenciaron incrédulos cómo el viento doblaba, hasta partirlos, los postes de concreto del alumbrado público en la avenida López Portillo, o los residentes de Puerto Morelos que al retornar a la población encontraron a gran distancia de su ubicación original bloques de varias toneladas de las escolleras del puerto pesquero, destruidas por el oleaje que también demolió docenas de edificios a lo largo de la playa pese a que la fuerza de la marejada había sido amortiguada por el arrecife paralelo a la costa; o los hoteleros de Cancún, a los que Gilberto arrebató en unas horas de furia diez o veinte millones de toneladas de arena de las playas.

 
     

 

Cinco Horas de Furia Excepcional

Tal parecía que estaba tomando un respiro para acumular fuerza adicional antes de lanzarse al asalto del continente; y lo hizo con furia excepcional, según el testimonio gráfico de una de sus víctimas más célebres: el Portachernera I, cuyas fotografías, que lo mostraban casi incrustado en un edificio de la costa, dieron la vuelta al mundo.

Este moderno buque pesquero era parte de una gran flotilla cubana que ante la proximidad del Gilberto buscó refugio en Isla Mujeres y desde ahí fue arrastrado hasta Cancún por el viento y oleaje, que lo depositaron en la playa a sólo un par de metros de un condominio residencial.

Durante todo el tiempo, mientras bregaba con el huracán, el Portachernera I mantuvo en operación sus instrumentos meteorológicos automáticos. Gracias a ello, el anemógrafo registró en una gráfica continua la velocidad del viento. A las dos de la tarde del día 13, los vientos eran 75 kilómetros por hora. Fueron aumentando lentamente hasta la media noche, cuando rebasaron los 125 kilómetros por hora. A partir de ese momento, comenzaron a intensificarse con gran rapidez y ya para las dos de la madrugada del 14 de septiembre  superaban los 210 kilómetros por hora. A las cinco de la mañana, el registro era de 275kilómetros por hora. Sesenta minutos después ya se había llegado a 300, y poco después de las ocho de mañana estaban soplando vientos de 375 kilómetros por hora. Esa fue la velocidad máxima registrada. A partir de entonces la furia del huracán comenzó a decrecer con la misma rapidez que había aumentado. Al medio día ya el viento era de “sólo” 275 kilómetros por hora, a las dos de la tarde había bajado a unos 215 y a las tres ya andaban por los 125.

La gráfica muestra que durante un lapso de doce horas, de dos de la madrugada a dos de la tarde, la velocidad del viento rebasó siempre los 200 kilómetros por hora, y durante cinco horas y media a partir del amanecer se mantuvo por encima de 300 kilómetros por hora.

Por su parte, la gráfica del barógrafo del buque muestra como la presión atmosférica fue disminuyendo a medida que el huracán se aproximaba y pasaba por la zona. Primero, el descenso fue lento, pero a partir de la media noche del día 13 comenzó a bajar con mayor rapidez al mismo tiempo que crecía la potencia del viento, y a partir de las cinco de la mañana hubo un verdadero desplome, de 985 milibares a 970 a las nueve de la mañana, que fue la hora en que el ojo del huracán pasó más cerca de Cancún y también la hora en que el viento alcanzó su velocidad máxima.

     
 

Un año negro

Sin duda, el año de más triste en memoria en materia de huracanes en México ha sido 1955, cuando en poco más de tres semanas, tres de ellos dejaron una estela de muerte y destrucción en Quintana Roo, Veracruz y Tamaulipas.

El primero fue el Gladis, que se formó en la Sonda de Campeche y entró a tierra por Soto la Marina el 5 de septiembre, causando serias inundaciones en Veracruz y Tamaulipas. Luego, el 16 de septiembre, el Hilda penetró por la despoblada región de la bahía de la Ascensión en Quintana Roo, cruzó la península y el 9 azotó Tampico, ocasionando además nuevas y catastróficas inundaciones en el sur de Veracruz y la Huasteca veracruzana. Finalmente, el 28 del propio septiembre se abatió sobre Chetumal el Janet, nacido seis días antes cercas de la islas de Barbados en el Caribe,  Tras arrasar la ciudad dejando una enorme cantidad de muertos y heridos, atravesó la península, volvió a cobrar fuerzas en aguas del Golfo y al entrar nuevamente a tierra por Punta Delgada, en Veracruz, remató la obra de sus dos predecesores con las peores inundaciones de que se tenga memoria en Veracruz y Tamaulipas.

 
     

Trece Horas Sobre la Península

Unas 13 horas tardó el huracán en cruzar territorio peninsular en su trayecto oblicuo del Caribe al Golfo de México. Tocó tierra al amanecer --nos referimos al ojo, que es el que marca la posición “oficial” de un huracán—en las cercanías de Playa del Carmen en Quintana Roo. De ahí fue avanzando hacia el noroeste, a las 3.30 de la tarde pasó por la zona de Tizimín, y a las siete de la noche abandonaba la costa para entrar al Golfo de México en las proximidades del puerto yucateco de Telchac.

Lo más cerca que llegó a estar el vórtice de la ciudad de Mérida, fue a las nueve de la noche de ese miércoles 14, cuando se le ubicó a 73 kilómetros al noroeste del observatorio meteorológico de la capital yucateca, y la máxima intensidad de los vientos que la azotaron fue de 124 kilómetros por hora esa misma noche, según los registros del anemógrafo nororiental de la península se había debilitado considerablemente.

Además la considerable diferencia en la intensidad de los vientos que azotaron a Cancún y los que se sintieron en Mérida se debió a que cada una de esas poblaciones le tocó diferente sector del Gilberto. El área Cancún-Isla Mujeres recibió vientos del semicírculo derecho del huracán, que son siempre los más violentos. Mérida y poblaciones vecinas, en cambio, quedaron en el semicírculo izquierdo del sistema de vientos, que es el de menor intensidad.

Tras abandonar tierra, moviéndose en dirección oeste-noroeste, el Gilberto continuó avanzando sobre el Golfo, aunque sin alejarse mucho de la costa, y recobrando potencia mientras extraía energía de las cálidas aguas. A la media noche del miércoles 14, cuando se ubicaba a unos 90 kilómetros al noroeste de Mérida, ya frente a la curva noroccidental de la península, sus vientos andaban otra vez por los 200 kilómetros por hora y la presión en el ojo había descendido hasta llegar nuevamente casi al bajísimo nivel registrado cuando pasó sobre Jamaica.

 

Los Últimos Estertores

Mientras cruzaba el Golfo rumbo al noreste de México, se temió que se repitieran los desastres de 1955, cuando tres ciclones azotaron consecutivamente el sur de Tamaulipas y el norte de Veracruz ocasionando las peores inundaciones en la historia de la región. Hubo también temores de que, revigorizado tras el trayecto marino, pegara de lleno sobre Matamoros o Tampico.

Ambas ciudades se salvaron. El Gilberto entró a tierra continental por segunda y última vez 150 kilómetros al sur de Matamoros, en una zona escasamente poblada. Pero paradójicamente, fue tierra adentro, en el árido estado de Nuevo León y bastante lejos del mar, ya en proceso de desintegración, donde descargó sus golpes más mortíferos, que cobraron más vidas humanas que en todos los demás sitios que había flagelado, inclusive en su período de máxima potencia. Ahí en el altiplano del norte, la devastación no fue causada por los vientos o el oleaje, sino por las torrenciales lluvias, que desataron inundaciones y violentas avenidas de los ríos.

Así terminó la vida del huracán del siglo. En esa semana de existencia azotó directa o indirectamente a una docena de países, desde Santa Lucía, una diminuta isla del Caribe oriental, hasta México, pasando por Venezuela, Puerto Rico, la República Dominicana, Haití, Cuba, Jamaica, El Salvador, Honduras, Costa Rica, las islas Caimán y ya de nuevo como tormenta tropical a Estados Unidos. En todos esos lugares, la marejada, los vientos o los aguaceros dejaron una estela de muerte y destrucción.

     
 

Autóctono VS Exótico

Una de las lecciones que dejó el Gilberto es que, en materia de vegetación, lo autóctono es mejor que lo exótico. Un reconocimiento realizado por biólogos del y desaparecido Instituto Nacional de Investigaciones sobre Recursos Bióticos (INIREB) en la ciudad de Mérida después del paso del huracán, reveló que en su mayor parte los árboles derribados en parques, patios, jardines y camellones eran de especies exóticas –o sea, no nativas de la región sino introducidas--, como flamboyanes, almendros, laureles, lluvia de oro y tulipanes chinos. En cambio fue mucho menor el porcentaje de árboles de especies autóctonos que cayeron por efecto del viento. También en Cancún, fue notable que en el llamado parque de las Palapas, en el centro de la ciudad, se vinieron a tierra prácticamente todos los laureles ahí plantados, mientras que a cien metros de distancia seguían en pie casi todos los árboles de dos pequeños parques en los cuales se había conservado la vegetación de la selva.


Aparentemente, lo que ocurre es que como resultado de un largo proceso de adaptación y selección natural, los árboles nativos poseen raíces más adecuadas para soportar el empuje del viento. Por eso se recomienda que en lugares especialmente expuestos a los huracanes se empleen árboles autóctonos para fines de ornato en vez de las tradicionales especies introducidas.