• De los 80 trabajadores contratados sólo tres hablaban español. Cancún era el mismísimo purgatorio.

Por Fernando Martí Brito

El primer campamento (muy cerca de lo que hoy es el Crucero) se asentó en enero de 1970. Diminuto grupo de trabajadores capitaneados por un solo ingeniero, todos contratados por Consorcio Caribe, en realidad Consorcio Caribe era otro invento del Banco de México pues ninguna constructora quería venir aquí por las condiciones infernales de trabajo. No había ni donde poder reclutar personal.

Así, a principios del 70 llegó el primer ingeniero, Daniel Ortiz Caso: “La primera semana dormíamos en los coches, mientras despejábamos la maleza y podíamos armar una caseta. Cocíamos con leña y nos bajábamos en la laguna donde el jabón se cortaba por el agua salobre. Era una existencia bastante primitiva”.

Ortiz tenía la misión entre el 23 de enero y el 15 de marzo de abrir una brecha de 5 kilómetros y construir un puente provisional sobre el río Nichupté para que el candidato Luis Echeverría Alvarez pudiera visitar la isla.

Ortiz dijo que la brecha era imposible, pero el puente quedaba totalmente descartado. El problema eran los hombres pero Daniel Ortiz corrió con suerte: justo al sur, por la entrada del actual aeropuerto un campamento chiclero enfrentaba un desastre financiero. La recolecta iba muy mal. La aparición de Ortiz Caso ofreciendo trabajo fue providencial.

En 15 días, los 80 chicleros contratados desmontaron a punta de machete unos 54 mil metros cuadrados, exactamente hasta la orilla del río. Echeverría no podría pasar a la isla pero podría verla. El problema fue que el candidato llegó a Puerto Juárez con retraso e ignoró sin piedad el titánico esfuerzo y siguió su camino.

En verano, al iniciarse la temporada del mosquito algunos trabajadores preferían dormirse enterrados en la arena con una cobija en la cara antes que soportar el ataque.
Daniel Ortiz era el único que abandonada eventualmente el purgatorio: “Tenía que viajar 320 kilómetros para ir al banco a retirar dinero, 90 kilómetros para hablar por teléfono, y unos 30 kilómetros para comprar unos refrescos embotellados. También podían ir a Isla Mujeres, es cierto, pero las llamadas de larga distancia requerían una espera promedio de cinco horas. Así que durante los primeros meses promedié unos 10 mil kilómetros mensuales de carretera”.

Daniel Ortiz, quien actualmente radica en la ciudad de Puebla, recuerda la organización del primer campamento: “ en la segunda semana del trabajo arribó un grupo de trabajadores, alrededor de 80 chicleros. Hombres fuertes acostumbrados al trabajo pesado, así que estaba feliz. Pero, de los 80 sólo tres hablaban español. Los otros 77 maya. Así que, para que me entendieran (estábamos desmontando) a cada hombre se le asignaba una superficie determinada, tuve que atar cuerdas a los árboles y, a señas, explicarles lo que a cada quien correspondía”.

 

 

 

 

De la noche a la mañana

Una estrategia paralela fueron las proezas ‘ingenieriles’. No todas las obras de Cancún respondían a un guión determinado, pero daban excelentes resultados.

El mismo ingeniero Ortiz recuerda el enorme efecto que causaba su espontaneidad. “Un fin de semana cayó por aquí Ernesto Fernández Hurtado (subdirector y luego director del Banco de México) con un grupo de inversionistas. El camino costero llegaba exactamente hasta el hotel Cancún Caribe, apenas a medio construir, de manera que la calle finalizaba en brecha, no tenía ningún remate.

“Fernández Hurtado comentó que se veía horrible y sus acompañantes estuvieron de acuerdo. Luego se fueron a dormir a la casa de visitas. Bueno, fue cosa de trabajar toda la noche: trazamos, nivelamos, rellenamos, emparejamos y, finalmente, le plantamos una palmera en el centro. Al siguiente amanecer la carretera remataba en una glorieta perfecta. Creo que los apantallamos...” (Tomado del libro “Fantasía de Banqueros”, 1984).

 

¿Cómo era Daniel Ortiz?

Para el ingeniero Manuel Castro, Daniel Ortiz era un tipo muy simpático: “Vino aquí, era muy técnico, él te sabía de electricidad, de compresores, te sabía de todo. Discutía mucho con nosotros, eso sí, tenía muy buena escuela.

“Se suponía que él iba a dirigir la obra del proyecto, no sé porque no se hizo. Después llegó José García de la Torre por lo que hace a la constructora (Consorcio Caribe) y Rafael Lara por parte de Infratur (hoy Fonatur), y al poco tiempo vino de supervisor Manuel J. Castillo, también por parte de Infratur.

“Cuando Daniel Ortiz llegó aquí y vio la selva se colocó en el cinturón una pistola que no le servía para nada porque aquí la gente es muy pacífica, pero claro viniendo de Puebla, y al ver los machetes se puso esa pistola, y la gente no lo veía bien. Después se ambientó y se quitó el arma, pero creo que originalmente fue uno de sus principales problemas. Con el tiempo llegó a ser director de Fonatur en Cancún. Bastante bueno desde el punto de vista de administración. Te exigía mucho para construir”. (Francisco Verdayes Ortiz).

 


Cinta métrica utilizaba por los Pioneros de Cancún para realizar los primeros trazos en 1970. Foto Museo Casa Maya



Este teodolito que hoy se encuentra en el Museo de la Casa Maya fue herramienta fundamental para los primeros trazos de Cancún. Foto Museo Casa Maya